Conectados

 

Corrí, corrí y corrí pero no logré escapar de él, no sabía quién era y porque siempre está detrás de mí. Me sigue a todos lados a donde voy, miro hacia atrás y él está ahí sin decir nada, observándome.
No lo entendía hasta que un día me cansé, me cansé de intentar escaparme, de mirar hacia atrás y verlo ahí. Decidí parar y enfrentarlo.

– ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me sigues a todos lados? –

Luego de soltar una risa, dijo:

– No debes estar pendiente de mí, no debes preocuparte, no te haré daño. El daño te lo haces tú recordándome, volteando a cada rato para ojear si estoy de tras de ti. No me tomes como un enemigo, porque si lo haces pues entonces estás tomándote a ti mismo como enemigo y déjame decirte que ser enemigo de uno mismo lleva a la destrucción.
Sé absolutamente todo sobre vos, desde tu nacimiento hasta ahora y sabré todo hasta que te mueras, porque yo también moriré contigo cuando llegue tu hora.
Debes seguir adelante con tu vida sin preocupaciones por mí. No voltees a menudo, créeme que eso no te hará bien. Hazlo cuando quieras recordar momentos felices de tu vida, a veces recordarlos te da ese empujón que necesitas para seguir adelante. Pero no abuses de eso, porque tampoco es bueno para ti hacerlo constantemente.
Tú y yo somos una misma persona, estamos conectados, somos inseparables. Yo soy tu pasado. –

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Magia Pura

– Anoche fui a cenar con la chica de la que tanto te he hablado. –
– ¿Cómo te fue? ¡Cuéntame! –
– Pues mientras cenábamos, charlamos y nos conocimos más a fondo. Luego mediante algunas copas de vino de por medio intercambiamos risas que luego siguieron en todo el trayecto hacia su casa, ya era tarde, no podía dejar que regresara sola caminando.
Cuando llegamos nos quedamos unos minutos en la puerta, juntos comenzamos un bombardeo de miradas tentadoras que chocaban entre sí y culminaban con sonrisas imposibles de aguantar.
Hasta que sin pensarlo la abracé, fuerte, con todas mis ganas, cerré los ojos y me deje llevar por el aroma de su perfume. Ella respondió a mi abrazo con un beso, sus labios con mis labios, jugaban como si se conocieran desde siempre. Mis manos la sujetaban de la cintura, firmes, como si estuvieran pegadas y podía sentir las suyas suaves y cálidas en ambos lados de mi rostro.
No podíamos separarnos, parecía como si los dos fuéramos uno.
Sentí magia. ¡Esa mujer era magia pura! –

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Héroes sin nombre

Cayó de rodillas al suelo, con sus ojos bien abiertos, brillosos y más azules que nunca. Contemplaba a su frente una marea de hombres abatidos, resignados y algunos que todavía seguían luchando impulsados por el deseo de la libertad.
Él los llamaba “Héroes sin nombres”, porque daban su vida por defender a su reino pero nadie los recordaba cuando morían. Y allí estaban, desparramados por todo el campo de batalla.
El sonido del acero de las espadas chocando entre sí y los gritos de los caídos sonaban fuertes y distorsionados en su cabeza. Todo a su alrededor se movía y poco a poco su visión se tornaba cada vez más borrosa. Un dolor punzante en su vientre se hacía sentir y percibió una cierta humedad cuando pasó su mano derecha por allí.
Se dejó caer hacia adelante, boca abajo, sintió como la fría tierra besaba la parte izquierda de su rostro. Poco a poco sus parpados comenzaron a descender, ya no había tiempo, ya no podía luchar.  Sucumbió en un sueño profundo en el momento en que una helada brisa se levantaba. Fueron unos instantes de inmensa paz, y se dejó ir junto con aquella brisa invernal.
Acostada a su lado sobre la tierra sucia y ensangrentada, se encontraba su espada, forjada del mejor acero que un caballero podía desear. Su compañera de batallas…pero hoy no brillaba.
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La debilidad del Sol es la belleza de la Luna

– Desde aquí lo tengo a tiro. –    Le dijo Noha a su hermano Kalen, mientras apuntaba firme con su arco al objetivo.
– ¡No sueltes esa flecha Noha, aún no tenemos la señal! –   Respondió Kalen. Luego continúo subiendo por el árbol en el cual se encontraban escondidos.
– No necesito ninguna señal… ¡Acabemos con esto de una vez!
– ¡¡Solo espera la maldita señal!!…El campamento está infectado de guardias, si el plan sale mal no habrá otra oportunidad de vengar a nuestro querido padre. –    Respondió Kalen mientras espiaba a los enemigos. Noha se limitó a responder con una mirada furiosa y penetrante, luego bajó su arco.
Por varios minutos los dos se mantuvieron en silencio y atentos a los movimientos del objetivo, el Rey Thomas, quien días atrás había matado a su padre por interponerse al monarca cuando éste intentaba azotar a un campesino enfermo, debido a que ese día no cumplió con sus tareas.
Transcurría el tiempo.  – “La Luna le ganó la pulseada al Sol, siempre le gana…la debilidad del Sol es la belleza de la Luna.” –    Pensaba Thomas.
Hoy no era la excepción, acompañada de su ejército de estrellas brindaban un espectáculo de luces digno de contemplar y aplaudir.
Esa era la señal, la luz del astro reflejada en la armadura del mandamás mientras éste era el espectador más fiel de tal majestuoso espectáculo, como lo era cada noche antes de ir a dormir.
Noha y Kalen se mantenían en un árbol cercano al campamento y a espaldas del Rey.
–  La luna ya nos está dando la señal, tan solo espera a que se aleje un poco más del campamento. –    Dijo Kalen a su hermano.
Sin dejar de mirar al astro luminoso, Thomas caminó algunos metros alejándose del refugio y se quitó su casco. Una leve brisa hizo bailar su larga cabellera.
– ¡¡Ahora, dispara esa maldita flecha ahora!! –   Exclamó Kalen.
Noha le apuntó al monarca, sus manos comenzaron a temblar.
– ¡¡Noha suelta ya esa la maldita flecha!! –   Le repetía su hermano con desesperación.
Por un segundo miró a la Luna y luego volcó su mirada al objetivo. Trincó los dientes, cerró los ojos, aguantó el aire y soltó la flecha.

Desde el campamento se pudo escuchar un grito…
– ¡¡MATARON AL REY!!

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Ajuste de cuentas

Andrea Bucceli, mas conocido como “El Italiano” en la zona sur de Nueva York, era un hombre de negocios, dueño de tres restaurantes de comida italiana y ademas controlaba todo el negocio del lavado de dinero de dicha zona. Su poder y prestigio no fue nada fácil obtenerlo y menos para un inmigrante como él.
Como todo hombre de negocios con cierto poder, cuenta con varios hombres a su lado quienes hacen el trabajo sucio y también cuenta con varios enemigos al acecho, esperando el momento indicado para hacerse con su lugar.
Como todos los viernes había llegado temprano a su casa, acompañado de una prostituta, algo muy común según cuentan sus vecinos. Llovía demasiado, se bajo del Chevrolet Monte Carlo, llevaba puesto su saco largo marrón y sombrero negro que usaba con frecuencia. Rápidamente le abrió la puerta del vehículo a la bella mujer y juntos entraron a la casa. En la vereda de en frente, se encontraba estacionado un Mercedes Benz negro del 61′, dentro habían dos individuos mirando atentamente la casa de Bucceli. Todo hacia pensar que le estaban siguiendo los pasos.
La lluvia no cesaba, cada vez era mas intensa como el movimiento de aquella hermosa prostituta sobre la cama, encima del viejo italiano quien demostraba una gran excitación en su rostro. Luego de varios minutos, la señorita cesó sus movimientos, le sonrió a Bucceli y salió de la cama. El viejo aún sobre la cama desplomado y desnudo, se mostraba exhausto. Encendió un cigarrillo y se puso a contemplar con la mirada el cuerpo de aquella mujer mientras se vestía. Al terminar la prostituta tomó su bolso,  sacó una Colt calibre 38 y parada a los pies de la cama le apuntó a Don Bucceli.
— Negocios son negocios Bucceli, ajuste de cuentas…¡perdón! — Dijo y jaló del gatillo.
El disparo dio en la frente del italiano dejando un manchón de sangre en la pared y en la cabecera de la cama. La mujer tomó el cigarrillo que había encendido el viejo, recogió sus cosas y salió de la casa. Había parado de llover. Cruzó la calle, se dirigió al Mercedes estacionado del cual el vidrio del conductor estaba bajo.
—¡ Ya esta hecho! — Exclamó ella mirando a su al rededor nerviosa.
Los dos individuos del vehículo le devolvieron una sonrisa como respuesta. El que estaba en el asiento del acompañante le entregó un paquete. La bella mujer se colocó el cigarrillo en su boca y lo abrió, dentro había dinero. Contó billete tras billete, estaba todo, les devolvió una mirada y se largó del lugar.
Luego, fue el turno para Mercedes negro de abandonar el lugar rápidamente en el preciso instante que la lluvia volvía a caer y con mucha fuerza.

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Relatos de la ciudad de Johent #3

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Relatos de la ciudad de Johent #3
“La última lágrima derramada”

Como todas las mañanas, la señora Connant barría el frente de su casa. “Barrer no es para cualquiera, barrer es un arte” pensaba la señora de 75 otoños y muy bien vividos.
Sin embargo, este otoño era diferente al resto, al menos eso pensaba ella.
– Puedo sentir una energía negativa, este otoño ha comenzado y seguirá siendo una pesadilla, lo puedo percibir. – Pensaba mientras seguía con su barrida mañanera.
La muerte del pequeño Charly le ha hecho tambalear su corazón, la ha dejado con mucha tristeza y con miedo como a todo el vecindario.
– Todavía no puedo creer que a Charly lo hayan asesinado, era un chico tan bueno y muy tranquilo. Todas las mañanas pasaba en su bicicleta rumbo a la escuela y ahora…ya no está. – Se decía a sí misma, dejando escapar algunas lágrimas de sus ojos mientras miraba atentamente la casa donde vivía el pequeño. Luego retomó su barrida.
El viento comenzó a intensificarse y lo que parecía que iba a ser una mañana soleada, se transformó de un momento a otro en una mañana nublada y amenazante de lluvia.
– ¡Maldito viento que me desparrama las hojas! – Exclamó la mujer mirando al cielo. Mientras se producía un espectáculo aéreo de hojas bailando al compás del viento otoñal; y como es un rival muy complicado de vencer para una señora de alta edad, decidió dar por terminada la barrida.
Mejor me voy a leer la novela, hoy no es un día para barrer… y sigo pensando que este otoño trae una energía negativa, lo puedo percibir perfectamente. – Decía mientras se dirigía al fondo de su casa. Al llegar notó que la puerta trasera de la casa estaba abierta.
– Qué raro, estoy segura que la había cerrado antes de salir. – Se dijo a si misma rascándose la cabeza. – Seguro que fue el maldito viento que la abrió de golpe. –
Entró por dicha puerta que daba a la cocina y luego la cerró. Dentro percibió olor a… ¿chocolate caliente? La olla estaba sobre la cocina, estaba caliente, dentro se podía apreciar los restos de chocolate, como si alguien lo hubiera hecho hace pocos minutos atrás.
– ¿Pero qué demonios sucedió aquí?… ¿Chocolate caliente? ¡Yo no hice ningún chocolate caliente!… –  Decía la señora en voz alta. Luego desde la sala de estar, alguien se dejó oír.
– ¡¡Señora Connant, venga…hice chocolate caliente y está muy bueno!! –
Era Raidmond “el mimo” sentado en el sillón donde la señora lee su novela. Fue él quien entró a la casa por la parte trasera y preparó el chocolate caliente.
– ¿Y usted quién es? ¿Y porque va vestido así de payaso? ¿Qué hace aquí en mi casa? – La señora quedó muy sorprendida y asustada.
– Tranquila señora, me llamo Raidmond y no soy un payaso, soy un mimo…ahora venga, siéntese y pruebe el chocolate, mientras yo le cuento porque estoy aquí…¡¡está delicioso jijijij!!
La mujer totalmente sorprendida, no sabía qué hacer, recordó lo que había pasado con Charly, la ciudad estaba bajo el asecho de un psicópata y este personaje parecía sospechoso.
– ¡Voy a llamar a la policía! –  exclamó la señora mientras tomaba el teléfono.
– No funciona…–  agregó.
– ¡Upssss!…parece que el teléfono ah muerto. – Dijo Raidmond, luego le dio un sorbo a su chocolate caliente.
– Venga señora Connant, no tenga miedo, no le haré daño. Siéntese y tome su chocolate caliente que la mañana se puso muy fría jijij.
La anciana obedeció, no tenía otra opción, él era más fuerte que ella. Pensó que si le hacía caso quizá se valla pronto sin hacerle nada y sin robar nada.
Se ubicó en otro sillón frente a él. Raidmond ya le tenía preparada su taza de chocolate caliente y muy amablemente se la ofreció.
– Tome querida señora, aquí está su chocolate, bébalo antes que se enfríe…jijiji –
Le dio un sorbo, nada extraño, estaba rico. Quizás era uno de esos trabajadores de las casas de ancianos que van de casa en casa ofreciendo sus servicios. Parecía amable, no lo veía peligroso, pensaba la anciana.
– Le ha quedado muy rico. Ahora cuénteme, ¿Quién es usted y que hace aquí? ¿Por qué entro por la puerta trasera sin permiso? –
– Demasiadas preguntas señora, ya le dije, me llamo Raidmond y he venido a visitarla y a traerle un regalo de alguien a quien usted conoce…o mejor dicho conocía. –
Luego, del bolsillo derecho de su pantalón sacó el colmillo que le había arrancado a Charly luego de asfixiarlo con su sombrero. Ese era el regalo para la señora Connant.
– ¿Un diente? ¿De quién es ese diente?, espere, ya se….¡¡¡Es de Charly, usted lo ha matado!!
La señora desesperada se intentó parar pero cayó al piso, no podía mover sus piernas y poco a poco tampoco podía mover sus manos, estaba inmovilizada sin fuerzas.
– Tranquila señora, pensé que le gustaría mi humilde regalo, pero veo que no es así…Raidmond esta triste ahora. –  Decía el mimo de rodillas al lado de la anciana tirada en el piso moribunda.
– ¡Usted ha sido!… ¡Usted lo ha matado! – Exclamaba llorando desde el piso.
– ¡Shhh, silencio querida señora, silencio!… – Le pedía Raidmond limpiándo las lágrimas de sus mejillas.
La mujer totalmente paralizada, poco a poco comenzó a sentir que le faltaba el aire, algo raro tenía ese chocolate caliente. Raidmond se paró y rápidamente observó por la ventana, la calle estaba desolada y había comenzado a llover.
– Descanse señora Connant, descanse…. – Decía Raidmond mientras le quitaba una pulsera de oro del brazo izquierdo, la guardó junto con el colmillo del niño en su bolsillo derecho.
Luego tomó las tazas que contenían el chocolate, las llevo a la cocina donde las lavo y las dejó como nuevas y salió por la puerta trasera, desapareciendo del lugar.
La señora Connant tirada en el piso ya no respiraba, sus ojos quedaron perdidos mirando a la nada y en su mejilla corría la última lágrima derramada.